Aldo Bettini

Multilingual songwriter and independent composer.

Logorrea

LA SABIDURIA DE LOS ARBOLES

Posted by aldobettini on May 23, 2011 at 10:20 AM

Estaba desbordándome, no podía memorizar tantas sensaciones al mismo tiempo sin tener que escribirlas. Aquí estoy, después de esa fabulosa caminata en las colinas de Sao Paulo. Como cuando llegué al aeropuerto, las fragancias, los aromas aquí son diferentes y por lo mismo me proyectan en un allá que hace mi experiencia exótica, única, incomparable.

Lugares con sensaciones de haber vivido allí, realmente inspiradores de una placidez y una tranquilidad sin igual, donde la soledad es un elemento fundamental para crear la experiencia que se está dando. Fue delicioso, la relación que se estableció entre la naturaleza y mi yo profundo fue algo inolvidable. 

Tuve la sensación de establecer un dialogo con los árboles, ya que en realidad son ellos que viven alrededor de mí, son la única presencia fuera de la grama y de la vegetación que no sea construcción u objeto inanimado, como las casas, las plazas, las calles, sin embargo tan importantes ya que constituyen, juntos a la natura original del planeta, el entorno humano - histórico y cultural -inspirador de tantas sensaciones, ahora pensamientos tentativamente descritos en estas líneas.

 

Más allá de los árboles uno habla con Dios. Sin soledad uno habla con el acompañante, no se puede concentrar en esta voz interior que necesita expresarse y ser escuchada por uno mismo.

Las casas, las piedras son definitivamente cosas. En mis elucubraciones matutinas estaba pensando que solo las cosas son perennes, inmortales. Claro, ellas mismas se transforman con el pasar de los milenios. Su apariencia, y después de años-luz, hasta su esencia puede cambiar, transmutarse. Pero a escala humana, ellas son eternas. La vida, en cambio, es naturalmente efímera, pasajera. Eso estuve pensando. O entonces no sería vida. En realidad, y como siempre, quiero comprender el misterio de la identidad y de nuestra presencia en este mundo maravilloso, donde hay tanta gente buena a pesar de la maldad de unos pocos que sin embargo están manejando la humanidad hacia un rumbo que pareciera fatídico.

 

La apreciación del vivir con todas mis fuerzas, todos mis sentidos, el dialogo con Dios y mi soledad buscando el entorno placido de la naturaleza, esa debe ser mi actitud. La humildad va con ella y esa humildad frente a las maravillas del mundo en el cual hemos originado nos hace comprender que la muerte no es el desenlace. Pero sí el olvido. Y ahí viene el tema de la identidad. Es tan difícil encontrarse a si-mismo... Es realmente un viaje fantástico, lleno de matices asombrosos, donde yerres, descamines y desencuentros abundan, pero también donde revelaciones deslumbrantes y deleites y goces estremecedores  pueden llenarte el espíritu y el alma.

 

La humildad, junta a la soledad, te acerca a Dios puesto que gracias a ellas entiendes que la comprensión de tu identidad es tan fundamental cuanto el aceptar tu desvanecer el día de tu muerte. A diferencia de las cosas que son inanimadas, eternamente muertas, como las naturas muertas de los pintores (aún que las frutas en un centro de mesa no merecieran ese título), la vida es necesariamente cíclica, como las estaciones, las flores y los frutos de un árbol. La sabiduría de los árboles es inmensa. Ellos nacen, viven y mueren mientras nosotros nos agitamos y corremos, hoy día (no siempre fue así y ciertos amerindios y orientales saben lo que no sabemos), tras bienes materiales y vanidades intranscendentes.

 

Sé que volvemos, pero es un decir, porqué la realidad o mejor dicho el atributo de la trascendencia es que no la podemos conceptuar, nosotros los humanos. Volvemos sin volver, puesto que nuestra identidad se transforma, en una vida siguiente, en nuestra consciencia y ella es el capital de una futura infancia donde la memoria de esta vida no será consciente.

Esto que acabo de escribir me lo han dicho los árboles de las colinas de Sao Paulo, durante una caminata de revelación y de sensaciones fuera de lo común, y en momentos de soledad muy placidos y apaciguadores de mi inquietud existencial tan aguda.

 

No acaso los árboles me están hablando. Me hablaron desde que llegué al aeropuerto, con sus  efluvios tropicales y sus fragancias. Después de un “cafezinho pingado” y un “paozinho de queijo”, me sentí tan bien al llegar que se me ocurrió una definición de la felicidad (entre tantas): la felicidad es encontrarse y ser uno mismo. No es constreñirse, adaptarse al otro. 

Fue un duro aprendizaje para mí. Así que, en vez de querer complacer al otro, lo que hay que hacer es tolerar, comprender y sobre todo, encontrar su propio cauce. El compromiso viene después. La felicidad es una búsqueda, la búsqueda de sí-mismo, más allá de los prejuicios, las inhibiciones de todo tipo (inclusive religiosas) y cierta herencia cultural equivocada o turbadora, desequilibrante. La noción de pecado debe ser revistada, puesto que nuestra esencia es experimentar y hacerlo sin pecar - según ciertos mandamientos de la religión cristiana - se vuelve un absurdo.

 

Son los pensamientos que me inspiraron los arboles de Sao Paulo, un día domingo 17 de septiembre de 2006.

 

 

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